Hoy doblé esa esquina nuevamente


Hoy doblé esa esquina nuevamente
pero la calle es apocalíptica
y los vestidos de las mujeres
se parecen a la vez que te miré en el espejo
y vos no veías nada
o veías algo detrás de nosotros en el armario
o más allá
y me miraste de pronto, como sobresaltada,
recién despertada de un sueño
con esos párpados grises y cansados
con el ojo izquierdo siempre más pequeño,
el ojo que descubre todo,
el que le avisa al otro.
Y pensé en cien otras veces que te quise decir
que me iba pero no me iba,
que las llaves de la puerta ya no funcionaban,
que el horno estaba muy caliente
y que las ventanas parecían sucias,
llenas de neblina
y me miraste
esperando el remate, el chiste que no iba a llegar;
la luz de la cocina en tu frente
haciéndote parecer más loca de lo que ya estabas,
haciendo irreversible el camino a la cordura,
la contraseña de días pasados
y te herí, pero en perspectiva fue una herida menor,
un rasguño, una frutillita,
un chichoncito que ni valía una guardia,
ni valía una curita, mirá.
Pero ese día eras el Monte Helena en erupción,
la lava chorreando por la comisura de los labios.
Infame, dijiste, y era la primera vez que usabas esa palabra,
lo supe porque te tropezaste con la efe
y el ‘me’ lo terminaste muy abrupto,
como si pensaras que viniera otra sílaba luego
y dijiste otras cosas también,
hirientes para un hombre diferente a mí
pero yo pensaba en esa esquina aún
y en los vestidos de las mujeres.
El vestido de esa mujer, florido, ceñido al cuerpo,
a unos muslos bronceados e inaccesibles
pero que esa tarde estaban disponibles.
Pero la esquina estaba lejos
y vos todavía no pensabas en dejarme.


En algún momento de principios de 2020, probablemente marzo.

Comentarios